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James Dean: la vida a 200 km por hora, un insaciable deseo sexual y una frase profética antes de su trágico final

Hace 65 años, con tan solo 24 años y tres películas que lo habían consagrado, se mató manejando un Porsche que se había comprado solo una semana antes. La breve e intensa historia de un joven rebelde, irascible y hermoso que se convirtió en leyenda

Era el 23 de septiembre de 1955. A James Dean le quedaba una sola semana de vida. Pero eso, naturalmente, él no lo sabía.

Mientras comía algo en Villa Capri, un lujoso y repleto restaurante de Los Ángeles, le dijeron que Alec Guinness estaba en la puerta. El británico ya pasaba los cuarenta años, era un actor de formación y lo acompañaba un prestigio lustroso. James Dean lo saludó con respeto y lo invitó a comer con él. Guinness aceptó de inmediato: recién había aterrizado de un vuelo de 13 horas proveniente de Copenague y ese era el tercer restaurante en el que le decían que no había lugar.

La mesa de Dean estaba al fondo del local. Mientras lo atravesaban y hablaban de sus futuros proyectos, pasaron por la playa de estacionamiento y James Dean le mostró su nuevo auto. Un Porsche 550 Spyder reluciente de los cuales sólo había otros 89 en el mundo. Guinness cuenta que estaba como envuelto para regalo con una cinta que lo recorría a lo largo y un enorme moño sobre el capot. Recién se lo habían entregado (esto lo desmienten varios testigos que afirman que Dean hacía al menos dos días que se paseaba con su plateada máquina por todo Los Ángeles). Guinness no se deslumbró con el auto imponente. Se horrorizó.

Se supone que la siguiente frase que salió de su célebre garganta no intentó ser profética, sino una advertencia, un pedido de cautela a un joven de 24 años que iba demasiado rápido en la vida. Guinness, en sus memorias, cuenta que no quiso decir eso, que no sabe por qué lo dijo. De inmediato pidió perdón por lo que pareció un exabrupto. Dean no se enojó, apenas sonrió como si se tratara de una humorada. Lo que dijo Alec Guinness fue (esta frase no debería leerse sino escucharse en la voz sofisticada y algo metálica del inglés): “Si te subís a ese auto siniestro, dentro de una semana te van a encontrar muerto dentro de él”.

Una semana después, el 30 de septiembre de 1955 James Dean murió en un accidente automovilístico. Su auto, el Porsche 550 Spyder plateado chocó de frente contra otro vehículo en un cruce de rutas.

James Dean protagonizó tres películas. Con ese bagaje actoral (y con una muerte temprana) se convirtió en un ícono cultural inexpugnable. Su imagen representa un tiempo y una actitud nueva ante la vida. El joven rebelde, conflictuado, que se rebela contra lo dado. La iconografía consta de esa campera de gamuza marrón, los jeans azules algo gastados con las botamangas dadas vuelta, el cigarrillo colgando, haciendo equilibrio en un rincón de los labios, el jopo deliberado y la mirada seca y repleta de desafío. Hay algo de desdén en su figura, de incomodidad. Se convirtió en la imagen de una nueva juventud, que no se conformaba, que no aceptaba el viejo orden, que ponía en riesgo el principio de autoridad, que asumía riesgos (muchas veces innecesarios) y que se rebelaba.

Cuando James tenía 9 años su madre murió por un cáncer de útero. Vivió un tiempo con su tíos en el campo y cambió de hogar en varias ocasiones. Cuando terminó el colegio se mudó a Los Ángeles con su padre y la nueva esposa de éste. Ingresó en la universidad. Mientras trabajaba estacionando autos, buscaba una chance como actor.

Su belleza física y su determinación le consiguieron una publicidad de Pepsi y varios bolos en películas menores. Luego de graduarse en artes dramáticas se mudó a Nueva York: quería estudiar en el Actor’ s Studio, quería ser el nuevo Brando (todos querían ser el nuevo Brando: pero él tenía con qué). Encontró trabajo rápidamente y los bolos y papeles secundarios en la televisión se fueron acumulando.

A fines de 1953, con apenas 22 años, le llegó la oportunidad que esperaba, que estaba convencido que le iba a llegar. Un casting para Al Este del Edén, una gran producción dirigida por Elia Kazan y basada en la novela del Premio Nobel John Steinbeck. La audición fue un éxito. Steinbeck dijo que no le gustaba nada la personalidad de ese muchacho pero que el papel no podía ser interpretado por otro que no fuera él. De nuevo se mudó a Los Ángeles.

La película fue un éxito de crítica y de público. Fue la única de sus películas que llegó a ver estrenadas. Kzan dejó fluir la fuerza de Dean, le permitió improvisar en varias escenas. Las ofertas comenzaron a llegar de manera aluvional. El siguiente paso que dio fue aceptar Rebelde sin causa dirigida por Nicholas Ray. Un papel que le permitía lucirse, mostrar su incomodidad, la ira, que tenía la fuerza que él necesitaba.
Al dúo actor-director, se le sumaban grandes escenas como la de los autos enfrentándose y el juego fatal de la Chicken Run, la belleza de Natalie Wood (con la que Ray mantuvo relaciones durante el rodaje pese a que ella tenía 16 años y él rozaba los 50), la potencia del elenco joven, la sexualidad latente, el uso perfecto del cinemascope y una historia que mostraba un nuevo mundo: la juventud que había cambiado. Estaba llegando Elvis Presley y esa revolución se haría evidente.

Después fue el turno de Gigante. Una súper producción. James Dean, Elizabeth Taylor y Rock Hudson, el terceto joven más taquillero posible. Más de tres horas de película de George Stevens que quedarían cristalizadas con el Oscar a mejor film (como suele suceder ese año hubo películas mejores y el mismo Stevens dirigió films superiores). En su escena final, en la que su personaje encara un monólogo estando borracho, Dean siguiendo el Método, tomó todo el alcohol posible. Al momento del rodaje sus balbuceos ebrios sacaron de quicio a George Stevens con el que tenía mala relación debido a la tendencia de Dean a probar nuevos caminos y a improvisar. En la versión final, con Dean ya muerto, Stevens debió hacer que Nick Adams doblara la voz de su amigo para que se entendiera lo que decía.

Pero con Gigante pese a su grandilocuencia sucede lo mismo que con las otras dos. Todas se convierten (se reducen) a ser películas de James Dean. Tal es el poder de su presencia escénica, la intensidad y, por qué no, el tamaño de su leyenda: cuando las vimos llevaba décadas muerto y el mito estaba consolidado.

Sus compañeros de elenco y de generación también reconocieron su legado: “Todos fuimos tocados por Jimmy. Y él fue tocado por la grandeza”, dijo Natalie Wood.

Detengámonos en lo que algunos han llamado La maldición de Rebelde sin Causa: los cuatro actores principales murieron antes de cumplir 45 años. Las circunstancias, en todos los casos, se pusieron en duda. Aunque mucho de eso sea sólo por la necesidad de no aceptar las versiones más razonables o de mitificar la vida (y la muerte) de las estrellas. James Dean fue el primero en morir. El siguiente fue Nick Adams en febrero de 1968. Adams fue conocido por su amistad con Dean y con Elvis Presley, quien estaba fascinado con la figura de James Dean y a través de su cercanía con Adams aprendía más sobre el actor ya convertido en mito. A ellos dos se sumaba un jovencísimo Dennis Hopper. Cuentan que las juergas entre los tres eran épicas. Adams murió en su casa de Beverly Hills debido a una sobredosis de medicamentos recetados. Nuevamente, las teorías conspirativas dominaron la narrativa del caso. Se habló de suicidio, de muerte accidental y hasta de homicidio (el posible motivo sería que Adams estaba preparando un libro que revelaría secretos sexuales de muchas estrellas). Tenía 38 años cuando fue encontrado por su abogado, tirado, sin vida, en la habitación de su casa de Beverly Hills.

En este itinerario funesto siguió Sal Mineo, otra promesa que no llegó a cumplir con su potencial. Su rol en Rebelde sin Causa lo convirtió en la nueva sensación de Hollywood. Volvió a actuar con Dean en Gigante, y en los últimos años de la década del cincuenta parecía que estaba destinado a ser uno de los actores más representativos de su generación. Pero su estrella se fue apagando. Pese a que a veces variaba como cuando encarnó al baterista Gene Krupa, quedó signado por sus papeles de joven rebelde. Los rumores sobre su sexualidad tampoco ayudaron (la homosexualidad era una especie de condena para un galán de esos años). En 1976 cuando tenía 37 años fue apuñalado en el corazón una noche en el estacionamiento en el que dejaba su auto. Las primeras versiones hablaban según la terminología imperante en esos años de “crimen pasional”, había sido asesinado por su condición de homosexual (la elección sexual como castigo). También se dijo que fue por deudas cuantiosas. Luego se determinó que el asesino quiso robar y que en medio de la oscuridad no reconoció al actor.

La cuarta muerte prematura de ese elenco fue la de Natalie Wood. Una muerte que todavía sigue siendo investigada y discutida (hace poco la policía reabrió la pesquisa contra Robert Wagner, su marido). ¿Se cayó del barco? ¿Quiso huir en un bote? ¿Se pelearon Robert Wagner y Christopher Walken? ¿Fue tirada por su marido?. La bella actriz tenía 43 años.

Se ha afirmado que James Dean tuvo un sinfín de novias, que era bisexual y que era abiertamente homosexual. Cada biógrafo defiende con énfasis y con un cúmulo de testimonios dudosos su tesis. Una historia muy difundida afirma que la actriz italiana Pier Angeli fue su novia. Pero que luego de la ruptura de la relación decidió casarse casi de inmediato con otro candidato, Vic Damore. Mientras se realizaba la ceremonia religiosa, James Dean aceleraba su moto en la puerta de la iglesia para molestar con el rugido del motor. Pier Angeli se suicidó en 1971 con una sobredosis de barbitúricos. Según su hermana, ella nunca había podido olvidar a James Dean, al que dejó por presión de su madre. Entre otras divas se le adjudicaron romances con Ursula Andress, Marylin Monroe y Judy Garland. Con el correr de los años se le adjudicaron aventuras casi con cada actriz con la que actuó o se sacó una foto.

También están los que afirman que durante su adolescencia y ante la orfandad por la muerte de la madre y el alejamiento del padre se acercó a la religión y fue abusado por un pastor protestante. Con el religioso y a causa del abuso, James habría perdido la virginidad en su primera adolescencia. Elizabeth Taylor, su compañera en la última película, fue la que abonó con firmeza esta versión. Dijo que Dean le contó las circunstancias del abuso en las pausas del rodaje mientras la amistad entre ellos se profundizaba. Otros dan nombres de muchas de las parejas masculinas que tuvo. Marlon Brando, Spencer Tracy, Tab Hunter o Clifton Webb. La mayoría de quienes investigaron la corta vida de Dean creen que el actor era bisexual. Alguno hasta sostiene que era Omnisexual. Entre sus romances masculinos le endilgan uno con Rock Hudson porque trabajaron juntos en Gigante. Pero los testimonios coinciden en que los actores se llevaban mal y que los problemas habrían empezado cuando James Dean se burló de la homosexualidad de Rock Hudson y de su carácter apocado.

Ya sea con hombres o con mujeres, o con personas de ambos sexos a la vez, la vida sexual de James Dean fue intensa y voraz. Ícono pansexual, que vivía a una gran velocidad y que era considerado el hombre más sexy del planeta. Las posibilidades no le faltaban y por lo que afirman amigos, conocidos y testigos, tomaba todas las que podía.

Lo que sí se sabe con certeza es de su afición desenfrenada por los autos y las motos. Quería vivir a doscientos kilómetros por hora. Cambiaba de motos y de autos cada pocos meses. Tuvo varias Triumph y un Porsche Speedster con el que compitió en algunas carreras. Como sus salarios se iban incrementando también lo hacían las restricciones que imponían los estudios. Para la filmación de Gigante le prohibieron las carreras y las altas velocidades.

A la espera de que finalice el rodaje se compró un Lotus último modelo. Pero le informaron que recién se lo podrían entregar a mediados de octubre de 1955. La ansiedad no le permitía esperar tanto. Así que compró un Porsche 550 Spyder, un auto exclusivo que alcanzaba los 250 kilómetros por hora. Era plateado, con unos listones rojos a los costados. Él mandó a pintarle el número 130 para poder competir con él y una pequeña leyenda, el nombre del auto: Little Bastard (Pequeño bastardo que según la leyenda era el modo en que Jack Warner, el presidente de Warner Brothers se refería a él).

James Dean se había comprado también una rural Ford y un remolque para llevar su Porsche hasta una pista de competición. Pero el 30 de septiembre de 1955, decidió a último momento ir manejándolo por la ruta para ir ablandando el auto. A los pocos kilómetros, un policía lo paró por exceso de velocidad. Tomó la multa y se desvió hacia otra ruta menos controlada para poder acelerar el Porsche. Al llegar al cruce de las rutas estatales 46 y 41 un imponente Ford 1949 se apareció en el camino. Era manejado por un joven marino de 23 años que no vio al Porsche aproximarse a todo velocidad. Pese a una maniobra de último momento los autos impactaron de frente.

Algunos sostienen que James Dean salió despedido de su auto, rebotó contra el parabrisas del Ford enorme y volvió a caer en el suyo. No se sabe tampoco si la muerte fue inmediata o si sobrevivió unos pocos minutos. El certificado de defunción da como hora de muerte el ingreso al hospital. James Dean tenía fractura de cuello, su pie derecho colgaba desconyutado, presentaba múltiples fracturas y diversas hemorragias internas.

En el auto de atrás, en la rural Ford, venía un amigo y el fotógrafo de la revista Colliers Sanford Roth, quien sacó dos fotos del cuerpo de James Dean y del estado del Porsche. Roth juró que esas fotos nunca verían la luz y que sólo las sacó por si se necesitaban para las pericias. El fotógrafo murió en 1962. Años después su familia vendió las fotos a un coleccionista privado por una suma millonaria.

Otra vez las teorías se impusieron: sabotaje, homicidio, maniobra imprudente de uno u otro conductor. La justicia absolvió al conductor del Ford de toda responsabilidad.

Unos pocos días antes, en medio del rodaje de Gigante, James Dean grabó una publicidad de bien público, disfrazada de entrevista, en la que invocaba la prudencia en el manejo. Vestido con el sombrero de vaquero de su personaje en la película, el cigarrillo y un lazo en sus manos, Dean responde preguntas con su voz cautivante, con monosílabos y balbuceos, sin énfasis.

Le preguntan si compitió y si ganó varias carreras (“Una o dos”, responde olímpico) y afirma que manejar en la ruta es más riesgoso que en una pista de competición. Mientras sale de la habitación y se despide, le solicitan un consejo para la juventud. Les pide que manejen con prudencia y que tengan en cuenta que “la vida que están salvando -al ser prudentes- puede ser la mía”. Y con una sonrisa pícara, casi sobradora porque alteró el guión -era: “Podrían estar salvando su vida”-, da la espalda y traspasa la puerta.

Después llegó el tiempo del llanto masivo, de las necrológicas, de la construcción del mito, de la proyección de su potencial como actor. Recibió dos nominaciones póstumas al Oscar como mejor actor por Rebelde sin Causa y por Gigante.

A 65 años de su muerte James Dean sigue siendo joven, rebelde, hermoso. Sigue, incorruptible, con el sombrero texano caído sobre la frente y los pies estirados sobre el asiento delantero o recostado contra una pared. En sus ojos sigue viviendo una generación, un mundo congelado lleno de posibilidades pero amargo e incómodo, que de todas maneras ya no va a ser posible.

Fuente: Infobae

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