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viernes, 12 agosto , 2022

Cómo acompañar y contener a un niño con cáncer, Por Teresa Méndez*

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El significado de una enfermedad es claro para los adultos. Pero no siempre sabemos qué siente y qué le pasa a un niño cuando sabe que padece cáncer.

Como su visión de mundo es tan distinta, es bueno intentar conocer qué pasa por su cabeza y así encontrar la mejor manera de acompañarlo.

El dolor y el sufrimiento son parte de una enfermedad. Aunque no lo manifiesten ni lo entiendan como lo hacen los mayores, un chico sufre por lo que le ha tocado vivir, y los síntomas de ese dolor se hacen presentes de alguna manera.

Si son más chiquititos, tienen menos herramientas para defenderse, y el llanto del bebé es su arma y su señal de alarma. Si llora en exceso y quiere estar en brazos de su mamá, lo que puede estar manifestando es algo más que un comportamiento propio de un bebé. A veces está pidiendo que lo cuiden, que lo protejan, que lo mantengan alejado de lo que le hace sentir dolor.

Con la mayoría de los bebés, es fácil protegerlos de los estímulos que pueden molestarlos como frío, ruido, gritos, sol. Pero cuando el nene se enferma, la mamá puede protegerlo, peor deberá también consentir que se apliquen inyecciones, que le hagan estudios, que se lo lleven a algún lugar donde ella no puede estar. La angustia que genera tener que “entregar” al bebé para que un enfermero haga algo que saben que es invasivo y hasta doloroso, es recibida por el bebé, y su aparato psíquico se sobrecarga.

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Ayudar a los padres a que puedan diferenciar sus preocupaciones de las de sus hijos es una de las tareas de los profesionales que trabajamos con ellos, ya que el estado de ánimo de un papá influye directamente en el del niño, y cuanto más chiquito es, más lo condiciona.

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Hay estudios que afirman que el neonato sufre y hasta tiene las vías dolorosas más inmaduras y siente más el dolor. Hay que tener en cuenta que durante el tratamiento, los chicos viven angustiados, alertas ante cualquier movimiento que suceda alrededor, porque creen que siempre vendrá un enfermero, médico, una inyección.

Por eso se hace indispensable explicar cada paso a los chicos, presentarles a la enfermera, a la mucama, al médico y todos los que lo van a atender y de qué manera. Saber y poder anticiparse a lo que viene alivian el aparato psíquico de grandes y de chicos.

Si se trata de nenes más grandes, la situación es diferente. Aunque mucha gente cree que los chicos no entiende lo que está pasando, se equivocan.

En el juego, podemos ver que aunque nadie lo haya puesto en palabras, los chicos saben bien qué es lo que sucede y comprenden lo que están pasando. Juegan a estar en el hospital con detalles, juegan con los muñecos como si fueran ellos mismo y simulan conversaciones con los médicos que los atienden. Por eso siempre los padres tienen que hablar con ellos con claridad, para que sepan qué es lo que va a suceder, y que ellos van a estar ahí para contenerlos.

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De esta manera, se está enseñando que la palabra es una herramienta valiosa para compartir sentimientos ante situaciones dolorosas. Del mismo modo que los mimos y las caricias. El tono de voz, la manera en que se les habla, la calidez es importante también para los más chiquitos, que pueden no comprender cada palabra que escuchan, pero sí la intención de lo que se está comunicando.

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Todos los chicos, desde el inicio del tratamiento, necesitan ser contenidos y sostenidos, padres con fortaleza ante la situación para que puedan enfrentar lo que sucede desde el punto de vista médico y emocional.

Los médicos y las enfermeras son profesionales que se dedican a curar, que trabajan en conjunto con psicólogos, voluntarios, psicopedagoga, maestra. Y que saben que la recreación es una manera de fortalecer la salud. Las salas de juego de los hospitales son espacios pensados por los médicos para que los chicos puedan seguir siendo chicos en un ámbito de cuidado de la salud.

Para un nene chiquito, entrar a la sala de juegos y ver que ahí hay un doctor que lo deja estar y que lo va a venir a buscar cuando lo necesite alivia.

Por ejemplo, a la sede de la Fundación que está al lado de Hospital de Niños, en general vienen cuando salen de allí. Es un espacio importante para los chicos y los padres los llevan porque saben qué es así.

Que los chicos puedan manifestar sus emociones y sus sentimientos es esencial. Suelen mostrarlos hablando, o con actitudes corporales. Pueden no querer jugar, o se muestran enojados o tristes. Lo importante es ayudarlos a que puedan decir lo que les pasa. A que no elijan el silencio.

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Si los padres sienten que no pueden, es posible que se acerquen a centros donde puedan recibir la contención por parte de voluntarios y profesionales entrenados.

En la Fundación realizamos, por ejemplo, talleres donde mediante disparadores, los chicos pueden expresar sus miedos, sus dolores, hacer preguntas que tienen que ver con su enfermedad. La clave es no perder de vista que estamos tratando con chicos, y que necesitan ser tratados y cuidados como tales.

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*Por Teresa Méndez, Responsable del Área Psicosocial de Fundación Flexer (www.fundacionflexer.org).

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