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En Ushuaia, un pueblo de 33 habitantes que vive de la centolla

Puerto Almanza, en Tierra del Fuego, es el corazón de la ruta de la centolla. Un pueblo de 33 habitantes que vive de una joya de la alta gastronomía.
En el último borde de nuestro país, más allá de Ushuaia, en dirección al ángulo sur del triángulo que conforma la Isla de Tierra del Fuego, corre la ruta provincial J, desprendimiento de la ruta nacional 3, que parte de la Capital Federal, cruza toda la Patagonia y termina en el Parque Nacional Tierra del Fuego, en exactos 3.779 kms. Pero antes de llegar, la gran ruta patagónica es interceptada por esta otra de ripio, en muy buen estado, arbolada, zigzagueante, con bosques que la flanquean, espejos de agua, roca y montaña. Un alto en el camino permitirá al visitante ver alguno de los enormes pájaros carpinteros de esta zona, y hasta algún cóndor vigilando el camino. Un descenso brusco abrirá el abanico que despliega el Canal de Beagle. Los teléfonos celulares avisarán que se están conectando con antena chilena, pero no hay que dejarse engañar, esa pequeña población pesquera que recibe al visitante es argentina. Puerto Almanza es una localidad de 33 habitantes. Unico ( y auténtico) pueblo de pescadores del país, ya que todos los vecinos viven de la pesca. Una postal austral de colores sorprendentes que esconde un tesoro gastronómico: la centolla. Una especie de cangrejo gigante de sabor exquisito y precios astronómicos que solo se sirve en los restaurantes más selectos.

No cierre el mapa rutero, por favor, porque justo allí mismo nace la ruta 30, más modesta que la anterior, de sólo 12 kilómetros de longitud, lamida por el agua salada del canal de Beagle y salpicada de embarcaciones de tamaño diverso. Botes a remo, modernos semirígidos, pequeños barcos pesqueros de madera, todo lo que flota sirve para arrebatarle su tesoro a las aguas gélidas. Entre Puerto Almanza y Punta Paraná, por inolvidables 8 kilómetros, corre la Ruta de la Centolla. Solo 33 habitantes pero 6 restaurantes especializados en delicias locales que saltan del agua a la cocina y de allí al plato.

Primera posta. En Puerto Almanza, la presencia militar, propia de una frontera que ha estado en disputa, le roba algo de protagonismo a la centolla. Junto al Río Almanza todavía hay algunos cañones que apuntan a la isla vecina. Pero la postal más visible de la breve bahía en la que descansan las embarcaciones es una casita alpina precaria, de chapa, rodeada de canastos de pesca. Rafael Quesada la construyó con sus propias manos. Era pescador de un barco ajeno, salía de Ushuaia y a veces tardaba ocho o diez días en regresar. Por aquel entonces, nadie volvía con menos de diez mil kilos de centollas. Una cantidad que le permitía al patrón (capitán) del barco ganancias suficientes como para comprar un auto. Bastante menos para el marinero, pero igual de tentador.

La cuestión era que, durante todo ese tiempo de pesca, Rafael y su compañero debían dormir embarcados, siempre con trajes especiales, en movimiento, húmedos, helados. Necesitaban dormir en tierra, pidieron una casilla y se la negaron. “Porque yo pescaba desde Remolino, al oeste, y hacia el este hasta Pampas de los Indios. Doce millas para un lado y doce para el otro, no me movía de este sector. Y teníamos que descargar acá y pernoctaba acá, entonces vivíamos enfermos arriba de las embarcaciones, con gripe, por la humedad –cuenta Rafael–. Le pido a la empresa que me pusieran una casilla, y me dicen: ‘No, lo qué pasa es que ustedes la van a romper’. Entonces los mandé al carajo y les dije: ‘Si mañana no salgo a trabajar es porque me estoy haciendo una casa’. Se reían, me tomaban por loco. Fui juntando materiales, unos palos, unas chapas, compré tirantes, con ayuda de unos que desarmaron un galpón y me dieron todas esas chapas viejas. Llevó perdida porque, al no trabajar, no teníamos ingresos, pero sabíamos que el fin valía la pena. Y un día de viento que no salimos al mar empezamos a levantar la casita, con mi compañero Walter Jordan, que era mi marinero. Pero más que marinero era un amigo, porque éramos dos nada más que compartíamos todo en la embarcación. La primera noche que dormimos acá no lo podíamos creer. Teníamos una estufa a kerosene. Porque la empresa nos daba 50 litros de gasoil por cada día que permanecíamos embarca- dos, entonces llegaba un momento que acumulábamos combustible, lo usábamos para calefaccionarnos. Y cuando por primera vez dormimos acá, en la casita, arriba, con un colchón y no había humedad, pudimos hacerlo en remera, no con el térmico que andábamos todo el día, nos cambió toda la realidad”.

Le brillan los ojos a Rafael cuando cuenta la epopeya de su casita. Fue en los 80, cuando recién había llegado a la zona. Catamarqueño de nacimiento, criado en Punta Alta, Bahía Blanca, amante del agua, navegante, pescador. Dice que los barcos en los que trabajaba salían ahí nomás enfrente de Ushuaia y él miraba hacia el oeste y hacia el este del canal y soñaba con descubrir qué había más allá, qué escondían las islas entre la bruma. Y cumplió el sueño. Se pudo traer a la familia: hoy todos viven cerca de la centolla. Pero volvamos al día en que terminó de construirse su pequeña choza justo en el medio de la idílica postal fueguina. No pasó mucho tiempo hasta que se acercó alguien de Tierras Fiscales de la provincia a exigir que sacara el “chaperío”. Pero Rafael no se dejó amedrentar.

“Me puse serio y le dije: ‘¿Sabes lo qué pasa? La casita está dentro de los 50 metros de la costa. Por si no lo sabés, hay una ley de seguridad nacional que dice que todo lo que está de la marea más alta a 50 metros pertenece al Estado nacional, no al provincial. Porque en caso de guerra se utiliza para defensa. Yo creo que estoy adentro, sino la corro un poquito más para la orilla del agua’.”

Algo de todo el palabrerío debe de haber surtido efecto porque poco después logró que le pusieran un medidor de luz, que es lo más parecido al título de propiedad. Y le cedieron un terreno a la vera de la ruta de la centolla donde está proyectando un emprendimiento turístico familiar. Dejó la casilla pero no la desarmó, se la cedió a su amigo buzo que vive de la captura de moluscos. Había pensado en

desarmarla porque cuando llegó el especialista que los asesoraría con el planeamiento de la ruta de la centolla les explicó que tenían demasiada “basura”.

“Entonces le di el lugar, le transferí el medidor a nombre de él, porque yo tenía intenciones de desarmarla a la casa, porque digo este rancho a veces te da vergüenza ajena, no tiene buen aspecto. Pero entrás a Internet y buscás Almanza y sale esta casa. Es como la reseña turística. Hay unos libros donde está esta casa. Hace unos años un inglés vino a escribir sobre poblaciones pesqueras. Un libro que comparaba el Mar del Norte con éste. Me pidió permiso para sacar fotos. Me contó que hay una casa exactamente igual de un pescador, no sé si es en Escocia, en unas islas, donde es todo igual a esto.”

Rafael está ahora jubilado, pero tiene dos embarcaciones propias con las que sale dos o tres veces por semana, cuando el clima lo permite, ya no se arriesga. “Antes sí, cuando trabajamos para una empresa y había que justificar un sueldo, con temporal o sin temporal salíamos igual. Hoy, en este momento, estoy jubilado, tengo una embarcación que me pude comprar con un crédito y soy mi propio jefe.”

Los pescadores de Almanza que no tienen salón propio envían la centolla a Ushuaia, donde se vende en restaurantes con peceras en la vidriera y en platos que no bajan de los 1.500 o 2000 pesos. Es poco el material que puede sacarse de la isla, el SENASA (Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria) no termina de aprobar la cuestión.

Sergio Amaya es marino mercante pero llegó a la isla hace 17 años con su familia, y aquí se transformó también en pescador. Sale a buscar centolla desde Ushuaia unas tres veces por semana, cuando el clima lo permite. Pero él no cede su producto a los restoranes locales. En 2010 levantó en un terreno anexo a su casa el “Ahumadero Ushuaia”. Pese a que el establecimiento tiene tecnología de punta y limpieza similar a la de un quirófano, aún espera infructuosamente la autorización del SENASA para poder sacar de la isla su producto. “Lo sorprendente de Ushuaia es que no tiene pescaderías”, señala.

Amaya se lamenta de que la industria del pescado no deje ningún valor agregado a la ciudad ni a sus poblaciones aledañas. Ya que todos los barcos que pescan en el canal son factoría, todo el proceso se hace en el barco, con personal de a bordo. “Acá no vemos el pescado, vemos cajas que van directo a los contenedores”, dice. Y como remate de su razonamiento da la clave del éxito de Almanza como centro de pesca de la centolla. Ushuaia tiene puerto pero no tiene muelle. Los pescadores deben bajar los tachos con centolla por la playa, como se hacía a principios de siglo XX.

En Puerto Almanza, las condiciones no son tan distintas, pero hay un muelle artesanal y mayor comodidad de movimiento. Los días de viento tampoco salen porque se hace más difícil. La pesca aquí es con trampas que dejan señaladas con unas boyas, por eso la bahía se ve adornada con pelotas amarillas, verdes, rojas y azules que se mecen con las olas del canal. Hay algunas limitaciones tendientes a proteger el desarrollo de la centolla. No se puede pescar hembras y ninguna embarcación puede colocar más de cien trampas por salida. Se trata de preservar el bien que ha ido mermando.

Los seis restaurantes que componen actualmente la ruta de la centolla se disponen junto al camino, al pie de la ladera, con ventanas hacia el canal, a lo largo de 8

HAY LIMITACIONES TENDIENTES A PROTEGER EL DESARROLLO DE LA CENTOLLA. NO SE PUEDE PESCAR HEMBRAS Y NINGUNA EMBARCACION PUEDE COLOCAR MAS DE CIEN TRAMPAS POR SALIDA.

POR BIBIANA RICCIARDI FOTOS: JUAN PABLO GULIN (DESDE TIERRA DEL FUEGO)

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