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Entierro-de-Natacha-Jaitt-26

Tradiciones judías, lágrimas y curiosos: el último adiós a Natacha Jaitt

El cortejo fúnebre ingresó por una puerta alternativa del Cementerio de La Tablada a las 13:50, acompañado por el aplauso de los vecinos. Admiradores y extraños se mezclaron entre los familiares que lloraron la pérdida, en una ceremonia con cincuenta personas y ningún famoso.

Por Milton Del Moral.- Algunos con la kipá, otros sin ella, algunos de negro, otros no. Escenas del entierro de Natacha Jaitt. El Cementerio Israelita de La Tablada tiene tres puertas de acceso: la principal está ubicada sobre la avenida Crovara, una secundaria apostada sobre la avenida Boulogne Sur Mer y una tercera localizada sobre la calle Gorriti, paralela a las vías del tren Roca. Por este ingreso alternativo, a las 13.50 del domingo 24 de febrero, accedió el cortejo que acompañó al cuerpo sin vida de Natacha Jaitt.

Seis autos ingresaron junto al coche fúnebre. Los medios ya estaban en vigilia: fotógrafos y camarógrafos subidos a escaleras o sobre las medianeras. Policías, vecinos y curiosos completaban la escenografía de un lugar que había sido preparado para recibir a los familiares y al mundo mediático que nunca dejó de perseguir -ni siquiera en su lecho de muerte- la estela de la difunta. Las paredes del edificio habían sido pintadas esa misma mañana: empleados del lugar contaron que había imperfecciones que no hubiesen salido bien en cámara.

Sandra Luna hace 17 años que vive en los asentamientos de las vías, como hace llamar al barrio de emergencia que mira la espalda del cementerio. Es la primera vez que ve que utilizan este acceso. Contó que por la mañana limpiaron y pintaron todo para dejarlo “presentable” ante las cámaras. A su lado, su hija y su nieta. A veinte metros, un grupo de muchachos prepara el almuerzo: había vino, un sifón de soda y una jarra cortada. “Nos desalojaron”, dijo uno. “Tampoco estaba tan sucio. Nosotros siempre tiramos la basura en una bolsa”, se defendió otro.

El barrio se invitó al entierro de la modelo, avispados por la maraña de micrófonos, cámaras y periodistas. En un primer momento, el acceso fue restringido: ingresaron familiares y allegados. El clamor popular hizo que en algún momento los curiosos se confundieran con los conocidos. Y el entierro se llenó de gente que no debía estar ahí.

Estaban los hermanos, la hija, la madre -la ex diputada provincial santafesina Aliza Damiani-, amigos y estaba también Tonino, el Sultán de Tinelli, un doble del cantante del grupo Los Sultanes que conoció a Natacha Jaitt cuando ella tenía 13 años e iba a bailar a Zona D, un boliche en San Martín. “Pará, porque la gente después no me cree. Dejame que te muestre la foto”, avisó antes de contar su vínculo con la mujer que murió la madrugada del sábado a sus 41 años: “Yo trabajaba en el guardarropas y ahí nos hicimos amigos. Era muy divertida, muy jodona, me hacía reír mucho. La última vez que la vi  fue en el Pancho 46, hace un año y medio; nos saludamos y nos sacamos una foto”.

Tonino estaba acompañado por Antonia y Estela, otras dos fans de Natacha que también estuvieron en las despedidas de Jorge Guinzburg y de Néstor Kirchner. “Me gustaba mucho, la admiraba”, dijo Antonia que ni bien se supo dónde era el entierro le dijo a su vecina que no podía faltar y se tomó un colectivo. Estela se acercó desde González Catán. “Sentí que ella hoy a la mañana me dijo ‘me fui, me tuve que ir’. Tengo un sexto sentido y sentí que me lo dijo. La amaba porque amo a la gente que dice lo que piensa”, precisó. Los tres traspasaron los portones que estaban cerrados para la prensa y se infiltraron en el entierro, como otros vecinos del barrio que -así con lo puesto- se mezclaron entre los acongojados familiares. “A Ulises lo besé, lo abracé y le pedí que cuidara al chiquito”, agregó Estela en relación al hermano y al hijo menor de Natacha.

El entierro estuvo signado por los rituales funerarios judíos. Había pocos kipá y el negro del luto no era unánime. Sus hermanos lucían un desgarro en sus remeras, a la altura del pecho derecho, una tradición que representa la materialización de duelo y la aceptación de la muerte. La voz y el discurso de consuelo lo pronunció un rabino: él mismo abrazó a cada familiar afligido, condujo la ceremonia y promovió algunas tradiciones del judaísmo en el fallecimiento. Dictó el Kadish, un rezo de duelo que repitieron los presentes, depositó piedras sobre la tierra removida e invitó a que todos los presentes lo hicieran, solicitó que le hicieran un pasillo de despedida a los familiares, que se limpiaran las manos tres veces y que regresaran a sus hogares por caminos diferentes.

A partir del domingo 24 de febrero de 2018, desde las 13.50, en la parcela de tierra 504-7-44 del Cementerio Israelita de La Tablada descansan los restos de Natacha Jaitt.

El miércoles se practicarán los estudios a las vísceras y el examen toxicológico de su sangre en los laboratorios platenses de la Policía Científica provincial para clarificar las razones de su muerte.

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